La noche se iba espesando, y cada vez era más complicado divisar el horizonte... Aquel horizonte que había ido buscando durante días y meses. Pero por nada del mundo quería rendirme ante tal oscuridad, sabía a ciencia cierta que ese era el lugar que ansiaba tanto encontrar y no podía desistir ahora, después de tantas horas de camino, y de búsqueda. Aunque no conseguía divisarlo, sabía que tenía que estar ahí, quieto, impasible, esperando que alguien lo alcanzara.

Me detuve un momento para descansar, para que la sangre seguira circulando por mis venas a un ritmo normal. Aunque sólo yo sabía que esa parada se trataba de una mera excusa para pensar y hechar a volar mi imaginación. Recosté un poco mi cuerpo, lo resguardé del frio y mirando al cielo, se fueron cerrando los ojos. Las nubes avanzaban lentamente... ¿Donde está la luna? Deseaba verla, porque tal vez así podría regocizarme tranquila antes de caer rendida al sueño que tan profundamente sentía. Pero sólo las estrellas escuchaban mis pensamientos, y eso me gustaba.

Al final, quedé dormida. Los millones de estrellas del firmamento, fueron testigos de ello.


Laureta.